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El aprendiz de brujo



Reconozco que estoy saldando una deuda que contraje solamente conmigo. Una columna que debía desde hace un tiempo pero que por una u otra razón he ido postergando. A veces porque el imperio de la actualidad impostergable impide desarrollar la planificación previa debiendo dejar lugar a la noticia o a la referencia puntual de una fecha determinada. Otras, porque uno sabe que, en notas como éstas, no siempre alcanza con un botón para la muestra. Es que una gran actuación puede ser producto de circunstancias que convergen en un cierto día y hacen que todo sea posible, por eso se exige una consecuente regularidad. Y es ahí donde surge la figura a quien he dedicado esta columna: Víctor Malchiodi.

Su labor como marcador central ha sido muy significativa en el Deportivo Argentino de los últimos años en los que los primeros equipos de la institución también se han erigido en grandes protagonistas de las definiciones de la Liga Pehuajense de Fútbol.

Con interesante estatura, sin ser un gigante de área, se las ha arreglado para rendir en muy buen nivel en la zaga defensiva, sea junto a Bianchi, Maggiorano, Caldiero, o quien ocasionalmente le ha tocado en los campeonatos del último lustro.

Pero también ha tenido que actuar en el medio campo, sin la protección defensiva del terreno del que suele ser dueño y señor. Entonces en la inmensidad de la zona central del rectángulo de juego ha sacado a relucir una condición que no muchos tienen. Porque es cierto que hay quienes marcan tanto o más que Víctor, que son mas rudos, intimidantes, con oficio para anular al delantero adversario, o incluso con gran capacidad de recuperación del balón, pero lo de Malchiodi es distinto, porque aparte de las virtudes de buen defensor, le suma la de adivinar. Sí, porque Víctor adivina. Tiene ubicuidad, sabe por dónde transitar el medio campo, cómo acortar los espacios, cómo reducir la capacidad de maniobra del volante rival que ose invadir sus dominios, pero además demuestra un olfato particular como para conocer de antemano el amague que intentará su adversario, moviéndose en el momento justo para el corte de la jugada, como si presintiera lo que va a ocurrir. Y ahí marca la diferencia. Y no es cuestión de ubicarlo en lo más alto del pedestal de los volantes de recuperación, porque seguramente y conforme a la óptica con que se los mire, hubo, hay y habrá mejores, pero esto depende de determinadas connotaciones valorativas e incluso del gusto de quien compare. No obstante, si hay algo que nadie podrá discutir es que Malchiodi ha sido una pieza fundamental en el engranaje de cada equipo azul que integró hasta la fecha.

Un jugador pelilargo, que inicia cada partido con sus cabellos al viento, hecho que habría sido claramente reprobado por quien impusiera una modalidad muy recordada como entrenador del seleccionado nacional, Daniel Passarella, considerando que el futbolista tiene que estar presentable y no puede correr el riesgo de distraerse ni un instante acomodándose una larga cabellera, porque esa distracción puede costarle muy caro a todo el equipo.

Sin embargo, en el caso de Victor, no siempre es así, porque esa cabellera suelta tiene su tiempo, dado que llega un momento del partido en que se toma los cabellos con ambas manos, los estira y construye con ellos un rodete, lo que es más bien una coleta alta, a lo samurái, antiguos guerreros del Japón feudal. Y es ahí donde todo cambia. Tal como Lincoln Hawk, aquel musculoso camionero encarnado por Sylvester Satallone en el film Halcón que, cuando se enfrentaba a un pasaje difícil en el desarrollo de una pulseada, giraba la gorra que tenía puesta ubicando la visera hacia atrás, lo cual producía –según dice el personaje– un click en su cabeza generando un despliegue de mayor potencia, también en Malchiodi parece operar un cambio, es como si se pusieran en funcionamiento los tanques de reserva.

Entonces vemos un gran jugador, un hombre criterioso, consciente de sus limitaciones y apoyado en su vasta experiencia, que busca darle el mejor destino posible a cada pelota. Un marcador que anticipa, se apodera del balón y hasta se anima a incursionar en la ofensiva.

Por eso no estoy de acuerdo en encasillarlo en una función tradicional y única. No creo que sea justo clasificarlo como un zaguero central moderno o un antiguo cuevero, tampoco como un volante central dispuesto tanto al sacrificio solitario como a compartir zona como doble 5, o como un viejo “centrojás” como bautizó la popular a aquellos 5 de los de antes. Pero tampoco sabría como rotularlo con exactitud, por eso me quedo con su enorme capacidad de anticipo y de adivinación, y –con todo respeto– me limito a denominarlo como dice el título: el aprendiz de brujo.

Roberto F. Rodríguez.